Tercer punto de fuga: Los antidepresivos y Psiconautas

¿Alguna vez has tomado antidepresivos? Yo lo hice por primera vez una tarde de hace unos años. Estaba en la sala de la plancha, que se había convertido en mi nueva habitación desde que empezó a sucederme aquello que me empezó a suceder. La razón que me contaron mis padres fue que el fresco corre más. La verdadera, que estaba mucho más cerca de ellos y les resultaba mucho más sencillo vigilarme. Y en esa habitación, en una cama arrinconada, la luz amarilla de una bombilla barata apenas me permitió leer las contraindicaciones el prospecto. Contraindicaciones que, al contrario del protagonista de esta historia, siempre he odiado saber.

El protagonista de esta historia, por cierto, es un pájaro y un chico. Un chico que sabía volar, más bien. Birdboy intentaba tomar sus pastillas cada día  y lanzarse de una rama espinosa para ver hasta donde era capaz de llegar. La intención no era llegar a ningún sitio en concreto. La intención era huir del sitio en el que se encontraba en aquel momento. Y cada día, antes de fracasar, se repetía la misma cantinela:

“Vamos, Birdboy, vuela bajo. Sé constante. Lo importante es que no toques el suelo. Tú puedes. Te espera todo un nuevo día y te has tomado tus pastillas, nada puede salir mal”.

Pero en mi cama esquinada de la habitación de la plancha, con una mesilla blanca sobre la que reposaba Psiconautas, recuerdo a la perfección el color y el por qué de esas pastillas. El color era blanco, la luz amarilla y el por qué, negro. Las tragué, agarré la almohada y aplasté la cara con fuerza esperando un rastro de algo que no fuese “aquello”. Me volví a encoger en la cama como si fuese la rama de un árbol raquítico, como si ese árbol fuese el único sitio realmente seguro.

En el pequeño, pequeñísimo pueblo de Psiconautas, una ratoncita despierta en su casa de locos y se prepara para tomar sus “pastillas de la felicidad”. Todos le dicen que no se acerque al peligroso niño pájaro, pero todos están equivocados y ella tiene razón al pensar que no puede ser malo porque tome pastillas. Ella las tomaba también, solo que en una casa como la suya donde sus padres procuraban guardar con mucho recelo su secreto, era más sencillo fingir que eras normal. Pero la ratoncita no era normal. Y joder, menos mal.

¿Qué puede tener de malo tomar pastillas para poder volar y no tener que volver a un árbol raquítico?

La primera vez que tomé antidepresivos fue en la habitación de la plancha en mi puto pueblo. Supongo que no me quedaba nadie a quien poder decir que creía que me estaba muriendo. Supongo a ciencia cierta que me lo merecía. Mi madre entraba en la habitación, me acariciaba la cara y me preguntaba desesperada por qué lloraba. Pero juro que no era capaz de decirle por qué. Aunque me destrozase verla llorar, juro que no fui capaz de explicarle por qué lo hacía yo. Y mi padre se unió a mi madre y se sentó junto a mi madre, unos minutos, a la espera de un rastro de algo que no fuese “aquello”. 

En Psiconautas pasa algo curioso que me parece fascinante:

  • Un chico-pájaro drogadicto que puede volar no es capaz de alejarse demasiado de una rama espinosa de un pueblo que lo odia.
  • Una ratoncita deprimida haría lo que fuese por alejarse y se adentra en el océano, arriesgando su vida, para poder alejarse de un pueblo que la quiere.

Y ambos se enamoran.

Y yo, como seguro no os extrañará, me encandilo con Psiconautas. Me doy cuenta de que Alberto Álvarez ha escrito una cartica de amor a todos aquellos que alguna vez necesitamos antidepresivos en las habitaciones amarillas de las planchas. En vez de escondernos, en vez de perseguirnos, en vez de señalarnos, en vez de acusarnos o asustarnos, nos dibuja un grito desesperado, un no pasa nada,  un todo está bien por mal que pueda estar, un somos justos merecedores de salir de fuera de la habitación de la plancha de luz amarilla.

Y, sutilmente, Psiconautas (Astiberri, 2012) me llena de tristeza, convirtiéndose en un irónico antidepresivo capaz de salvarme un poco menos la vida.

 

 

Author: Ángel Abellán

Siempre se me ha dado mal tratar con perspectivas. Se suponía, o eso me contaron, que los puntos de fuga te ayudan a no perderte. Pues mis puntos de fuga son varios: escribo guiones para cómics, colaboro con numerosas publicaciones como Principia Magazine o C'mon Murcia! y, además, soy investigador del CSIC.

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