En un teatro de Jerusalén…

Parecía un teatro humilde. Uno de esos que se construyen con más amor que dinero. Era oscuro, con pocos accesos de luz exterior, como si pretendiese ocultarse de algo. La entrada me ha costado 10 shéquels israelíes, una miseria teniendo en cuenta lo que me ofrecen, que no es solamente una obra de teatro. Quiero decir, a ver, no hablo de cosas abstractas como la pasión y todo eso, me refiero a algo palpable, nos están ofreciendo algo vital. Bueno palpable no, pero sí que es vital, de verdad…

Me estoy explicando fatal, lo sé.

Estoy en Jerusalén, que es la capital de Palestina. Estoy en un teatro, disfrutando de una obra bastante poética que habla sobre el drama de la vida con gran optimismo. En el escenario hay un hombre de barba blanca frondosa recitando con pasión. El teatro no está lleno pero hay bastantes espectadores, y todos miran al frente y se tocan el brazo con nerviosismo. Todos se esfuerzan mucho por centrar la atención al escenario. Todos tienen miedo. El hombre de la barba blanca tiene miedo.

Pero me estoy explicando fatal, ya lo sé.

Me pasa por no poneros en contexto, es 1946, y aquel lugar tiene un aura difícil de explicar. Yo soy de Murcia y tengo a mi disposición uno de los teatros más bonitos de España, el Romea. Sin embargo, no suelo pisarlo porque soy más de cine. Aquí en Jerusalén, unas décadas antes, podréis imaginar lo que ha sido para mí encontrar un teatro en medio de una ciudad forjada en las antiguas tradiciones, los mercadillos de dulces y frutas y las carnes sin congelación previa. Ha sido un milagro porque fuera se masca la tragedia. Fuera de estas paredes, la gente no actúa versando poemas, actúa como una película mala sobre una guerra civil llena de payasos locos matándose entre sí.

Voy explicándome mejor, creo yo.

La obra continúa. Los espectadores siguen mirando a los lados y muchos a la gran puerta trasera, deseando que no se abra. La mayoría son judíos. Los judíos, en ese momento y en ese lugar, en el viejo Jerusalén, están siendo amasacrados por civiles árabes alienados y repletos de odio. La policía lo permite, los países europeos lo permiten, los habitantes antisemitas lo permiten, y el único lugar que parece no enterarse de lo que ocurre fuera es ese teatro. Pero la obra continúa, y solo ha costado unos dos euros y medio.

¿Me estoy explicando ya?

No puedo estar sentado, tengo ansiedad. Los gritos son cada vez más potentes fuera y, aunque el señor colgado de un hilo vuela por el escenario y grita fuerte, es imposible silenciarlos. Pero la obra continúa y veo que un chico detrás del escenario se encarga de que el hilo se mantenga lo suficientemente tenso. Me incorporo de la butaca y voy con disimulo rodeando el foso hasta encontrarme detrás del escenario, cerca del joven de pelo negro.

– ¡Pssst! ¡Perdona!, ¿Eres Motti Halaby? _ le pregunto entre susurros.

Motti no me hace caso. Está inmerso en la obra. Repite y recita cada una de las palabras del poema con precisión. Lo ha visto muchas veces, es evidente, al igual que es evidente que se ha esforzado por ninguna razón exacta en aprenderse la obra de memoria. Pero debo insistir:

– Perdona, pero esta historia va sobre tu familia y tengo algunas preguntas y…

– ¡Sssshh! ¿No ves que la obra sigue? Un respeto.

– Sí, sí, perdón, yo…

– “Un drama cercano se desarrolla aquí, que es nuestra tierra.”

De repente, un gran estruendo hace temblar el suelo del teatro. Tiemblan las lámparas, caen los objetos y algunas piedras se desprenden del techo agrietado. Se produce silencio. No hay heridos, pero una niña llora desesperada. Motti se lanza corriendo a la niña, cuya madre no puede consolar, y le empieza a hacer carantoñas. A la vez, insta al anciano del escenario a que prosiga. Motti cree que la historia debe continuar. Y continúa, haciendo caso omiso a los escombros.

Yo, desde detrás del escenario, o sea, desde la cafetería de Cartagena en la que me encuentro escribiendo estas palabras, pienso. Pienso en la vacuidad del arte que se toma en serio las palabras en medio de un conflicto y pienso, “¿es lógico?”. No sé si es lógico, pero Jerusalén: Un retrato de familia (Ediciones La Cúpula) retrata la historia de los Halaby y una guerra que, por cierto, se parece mucho a la que vivimos nosotros y que arrancó exactamente en el mismo año: el 36. Y de las 400 páginas de miseria, guerra, escenas de acción infartantes, granadas que caen por las escaleras en silencio y que, os lo juro, suenan en tu cabeza agudas y metálicas antes de reventar, solo unas 20 ocurren en un teatro.

Es tan abrupto que se convierte en un bálsamo. Es el silencio en medio de un estruendo. Es parar a coger aire para continuar la barbarie. Es una brizna de hierba en medio de un caos. Y yo me pregunto de nuevo, “¿es lógico?”. Qué más dará. La razón es lo menos importante cuando la gente se mata entre sí creyendo tenerla. De hecho, puede que la razón en este caso no sea más que basura y escombros. Por eso, Motti me ha convencido en que no necesita convencimientos. Él quiere recitar. Quiere tensar las cuerdas. Y yo me siento así en un mundo hostil en el que lo que hago parece lo menos útil que se pueda hacer.

Jerusalén se va directo, DIRECTO, a mi lista de cómics favoritos. Boaz Yakin y Nick Bertozzi no solo me han enganchado a muerte (me he ventilado el cómic de una tanda), sino que me han emocionado, hecho reír y acojonado durante unas horas. Además, por fin entiendo el conflicto en la franja de Gaza, y era algo que como adulto, tenía pendiente.

En el teatro, Motti se levanta y se lleva la mano al pecho para repetir flojito la última frase:

Pero este drama, como tantos otros, tendrá su final y cuando termine, a nuestros corazones volverá la alegría que puede menguar pero nunca morir.

Hasta entonces…

¡Adiós!

 

 

Author: Ángel Abellán

Siempre se me ha dado mal tratar con perspectivas. Se suponía, o eso me contaron, que los puntos de fuga te ayudan a no perderte. Pues mis puntos de fuga son varios: escribo guiones para cómics, colaboro con numerosas publicaciones como Principia Magazine o C'mon Murcia! y, además, soy investigador del CSIC.

3 thoughts on “En un teatro de Jerusalén…”

  1. Muy interesante pero, ¿no crees que quizá un comic escrito desde la perspectiva (posiblemente subjetiva) del autor no es suficiente para comprender lo que realmente sucedió? No sé si me entiendes, yo tambien me explico fatal.

    1. ¡Hola Fátima! Gracias por tu comentario. Y perdona por no responder antes. Sí, entiendo perfectamente lo que quieres decir. Yo me baso en una lectura concreta y lo cierto es que lo que me fascina es la ficción, no la realidad que hay detrás. Es decir, no asiento en mi cabeza una idea clara de lo que ocurrió, solamente de lo que ocurre como obra de ficción (basada en este caso en hechos históricos). Por otro lado, también es cierto que llevo un par de cómics (te recomiendo “Jerusalén”, de Sacco) y que la idea de este, va siendo cada vez más fuerte. ¡Un saludo!

  2. Una de las principales orquestas de Israel y de las instituciones culturales mas celebres de su capital, la Orquesta Sinfonica de Jerusalen fue fundada a fines de la decada de 1930 como la Orquesta de Servicios de Radiodifusion de Jerusalen, la JSO se convirtio en la Orquesta Nacional de Radio Kol Israel en 1948, coincidiendo con la Declaracion de Independencia de Israel.

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